Lo humano más allá del mérito

La meritocracia es aparentemente el antídoto contra la corrupción. En Colombia la Procuraduría General de la Nación instaló la “Mesa Para la Meritocracia y el Empleo Público” en febrero de 2019. El objetivo de la Mesa es garantizar el acceso a las vacantes públicas de manera transparente a través de los méritos[1]. La idea es que aquellos que cumplan los méritos (dígase estudios realizados y experiencia comprobada) para desempeñar ciertos cargos serán las personas más capacitadas y éticas en el cumplimiento de sus funciones.

La meritocracia es un ideal que aparece a mediados del siglo XX[2] y que podría rastrearse para Colombia como una preocupación de principios del siglo XXI. Sigue el antiguo principio de jerarquías y élites del Antiguo Régimen, no serán los designados por los reyes o aristócratas, de acuerdo a sus apellidos, aquellos que ocupen ciertas posiciones en la sociedad, pero tales lugares serán para los mejores, los más preparados. El remedio contra la burocracia, el caciquismo y la plutocracia en Colombia sería entonces la meritocracia. La solución consiste en quitar a los caciques locales y nacionales la designación de puestos públicos y colocar en dichos espacios a personas, no del círculo del cacique político, sino a los realmente capacitados para dicha labor. No obstante, el sistema jerárquico se conserva.

Cabría pensar si esta meritocracia es un nuevo desarrollo del liberalismo individualista que se encuentra  en el límite de los conceptos de honor y dignidad. En el escrito “El proyecto humano según el cristianismo: otra manera de ver el humanismo cristiano del siglo XXI” Carlos Arboleda y Luis Alberto Castrillón critican un sistema, que sin llamarlo meritocracia, encuentra el fin del ser en la productividad, “Un sentido de humanidad que se resista al paradigma positivista requiere de la reflexión ética, de suerte que el hombre no quede reducido a maquinaria, respondiendo a su sentido de ser en el mundo únicamente por lo que puede conocer y su competencia en ciencia y técnica”.[3]

Así como el honor, el mérito se construye, y de ahí su resistencia al cambio. Esto hace posible una relación directa entre el honor y el mérito. El historiador  Herbert Braun en La nación sentida. Colombia 1949. El país en busca de sus palabras, recuerda que los hombres de mediados del siglo XX en Colombia defendían su honor, aquello que habían ganado socialmente, por ejemplo “Los choferes, los conductores de las flotas, por lo general no llegan a ser muy notables en el pueblo, pero sí son de los hombres más populares, manejando por todas partes, haciéndose conocer, con novias en varios lugares, desacelerando ligeramente aquí y allá para que los peatones puedan montarse a mitad de camino, a veces sin cobrarles”[4].  Esa defensa del honor de estos choferes de buses de escalera de los años cincuenta en Colombia fue algo que ganaron entre sus semejantes. ¿A la enseñanza de un nuevo humanismo donde se le diga a la persona que no defienda sus méritos podrá llamársela humana? ¿Podrá decírsele a la persona que no se enorgullezca de sus logros o eso también es parte de su humanidad? Cuando se baja el análisis de un ejecutivo yuppie citadino a un conductor de un bus escalera en un pueblo lejano la frontera entre honor y dignidad se percibe difusa.

El teólogo luterano Peter Berger en On the obsolescence of concept of honor hace una comparación entre los dos conceptos aquí planteados, honor y dignidad. Recuerda que hay un tiempo en que declina el ideal del honor, al parecer después de la Revolución Francesa, la misma época en que resurgen la dignidad y los derechos del individuo. El honor, al igual que la meritocracia es jerárquico, tiene una idea de nobleza, de grupos cerrados que dan un nivel de estatus, también habla de un comportamiento diferente hacia los inferiores. Con el honor el individuo descubre lo que es en sus relaciones sociales, dice Berger, “el concepto de honor implica que la identidad es esencialmente, o en última instancia, vinculada a los roles institucionales. El moderno concepto de dignidad por el contrario, implica que la identidad es esencialmente independiente de los roles sociales”. En un mundo de posiciones sociales el individuo encuentra su esencia en el rol que le toca cumplir. En contraste el hombre digno mirará a los ojos al “superior”, dado que, a pesar de su posición se siente igual al otro. La relación corporal de encontrarse con el otro en aquello que ambos tienen, el cuerpo, es una relación de dignidad. En uno de los pasajes de Los secuestrados de Altona de Sartre es posible encontrar esta relación, Wener le dice a su padre, “Cuando yo miro a un hombre a los ojos me siento incapaz de darle órdenes” a lo que su padre le responde, “míralo por encima de sus ojos donde solo hay hueso”.[5] Sin embargo, la relación de igualdad también puede referirse a igualdad en la formación, algo como “no tengo los mismo privilegios tuyos, pero me he esforzado (al igual que tú) por lo que tengo”, por eso soy digno de mirarte a los ojos. La dignidad referida a lo que se ha conseguido a sí mismo, el sí mismo.

Esta idea de dignidad moderna en Berger se podría aproximar a la dignidad que aparece en la antropología cristiana del documento pastoral Gaudium et Spes, “La dignidad de la persona humana se fundamenta en el hecho de haber sido creada a imagen y semejanza de Dios con vocación a la unión con el mismo Dios” (GS 19). Dado que todos los hombres son creados a imagen y semejanza de Dios, el hombre tendría que encontrar a Dios en el otro. En Génesis 1:27 la biblia expresa este fundamento cristiano, “Y creó Dios al hombre a su imagen”, en Génesis 5:1 dice que lo creó a su semejanza y en Génesis 9:1 se prohíbe el asesinato dado que el hombre es creado a imagen de Dios. En el Nuevo Testamento el capítulo 3 de la carta de Santiago habla de que algunos hombres bendicen a Dios con su boca y maldicen a los hombres con la misma boca, hombres que son hechos a la semejanza de Dios. En otras palabras podría pensarse que el escritor neotestamentario exhorta a los creyentes a no maldecir a otros por la misma razón que el escritor del Antiguo Testamento advierte de asesinar, se estaría atentando contra el mismo Dios. Así, la antropología cristiana se acercaría a la dignidad del hombre desde su relación con el otro. “El hombre es imagen de Dios precisamente porque es capaz de Dios y puede estar en comunidad con Dios”.[6] Podría decírsele al hombre que no renuncie a su honor, pero que recuerde que en lo que haya construido siempre estará el otro, en primer caso Dios.

Pero el encuentro con el otro no deja de ser problemático, la utopía social no pasa de ser una fantasía, las comunidades “primitivas” han vivido en conflicto y la iglesia cristiana ideal no sería más que tres versículos en el libro de los Actos de los apóstoles (cp. Actos 4:32-34). Encontrarse con el otro implica un encuentro de los sentidos, la vista, la escucha, en un primer momento; luego el tacto y el olfato entre los más cercanos; es a través de esos sentidos que crece la empatía o el rechazo al otro. El aspecto, el sonido de las palabras, el olor del otro, llevan un sentido aparente que apenas refleja una parte del ser del otro. Detrás del otro hay una historia y una cultura, un mundo de seres formadores del otro, que de alguna manera también son imagen de Dios. El sentido cristiano de este humanismo no olvidaría al individuo, más bien lo pondría en relación con el otro, con su hábitat, su historia, y con Dios. Toda una historia de la vida del otro, sin mérito alguno en el sentido de la meritocracia del siglo XXI o del honor del XVIII, llena de la imagen divina, algo así como un humano sin mérito. Recuérdate como ser individual y como ser social, como uno y plural, como unidad y trinidad.

La anterior propuesta no deja de lado al individuo que busca conocerse en la intimidad de su espacio. Un ser social, pero no absorbido por la sociedad meritocrática actual. Incluso uno que pueda rechazar como dice Berger, el rol que dicha sociedad pretenda imponerle, y decidir por su razón y emociones qué es lo mejor para su vida.

Jean-Pierre Vernant en “El individuo en la ciudad” plantea a este ser en tres sentidos: como individuo, como sujeto y como yo. El individuo como uno que cumple un papel dentro de su grupo social, pero que tiene cierta autonomía respecto al marco institucional (posiblemente aquí se podría incluir a estos técnicos y tecnócratas llenos de méritos); En segundo lugar, el sujeto que hablando en primera persona muestra sus rasgos característicos. Y finalmente, el yo, como aquel que reconoce su interioridad, los secretos de su vida interior. En el actual mundo de la meritocracia es el “yo” el que está en juego. El mundo del sin sentido, el mundo de la inexistencia, o de la existencia solo en el lugar del mérito, de ver al otro como un dato, un número y no ser consciente del “apoyo” del otro en cualquier ejecución material o espiritual, de la carne y de la razón. Al individuo con mérito se le podrá hacer una biografía después de su muerte  dado que cumplió su labor, no cambió su objetivo, sirvió al país, o a la empresa, aun consta de sus deseos e intereses, por supuesto tuvo mucho mérito, aunque no tuvo su propio tiempo, pues su vida estaba signada por la cronología de los días y los meses que la sociedad de la meritocracia le impuso.

Entre tanto el sujeto puede hablar en nombre propio, puede escribir su propia biografía y expresar sus gustos, decir como Safo, “la cosa más bella del mundo es, para cada cual, aquella de la que está prendado”. Comprender su tiempo como espera y como nostalgia, su memoria como mezcla de sus fantasías y sus vivencias tan reales las unas como las otras.

Y el yo, podría escribir sus memorias, posiblemente para que las lean solo unos pocos en la posteridad, no estará limitado por las objetividades de la meritocracia, pero se reconocerá en el otro, se buscará hacia afuera, y su memoria vivirá en sus reminiscencias, siempre con el otro en el que se descubre, con el otro en el que se encuentra con sus propios secretos, en lo místico de su ser, ese secreto que se localiza en la confrontación entre un “querer saber” y “un querer ocultar”[7], dos quereres que se buscan, se encuentran y por lo mismo son más intensos. Ese yo que podrá escribir como Kierkegaard a su amada Cordelia, “Tú sabes que me gusta mucho hablar conmigo mismo […] yo solo soy un hombre interesante, pero tú eres el argumento más interesante”.[8]

Cometer un error en el mundo de la meritocracia y la productividad puede costar el puesto de trabajo e incluso la vida; guardar un secreto en la edad de la comunicación suena pasado de moda; No hay mucho tiempo de abrazar, besar, reflexionar, o sentir la vida en la experiencia del otro. Dios es amor, entrega, donación, historia, es vida en el otro.  La meritocracia como solución ética estaría destinada al fracaso ético, al igual que la burocracia, puesto que no encuentra a Dios, a lo sobrenatural, a lo trascendente, el sentido del otro y de lo otro.

 

Bibliografía

Allen, Ansgar. “Michael Young’s The Rise of the Meritocracy:  A Philosophical Critique”, British Journal of Educational Studies 59 (4), 367-382. Birmingham, University of Sheffield, 2011.

Arboleda, Carlos y Castrillón, Luis Alberto. “El proyecto humano según el cristianismo: otra manera de ver el humanismo cristiano del siglo XXI”. Material provisional, en borrador, para uso de los estudiantes de CBITEPAL 2018 y de la UPB 2019.

Braun, Herbert. La nación sentida. Colombia, 1949. En país se busca en sus palabras. Bogotá, Penguin Random House Grupo Editorial, 2018.

De Certeau, Michael. La fábula mística. Siglo XVI-XVII. Traducción de Jorge López Moctezuma. México, D. F., Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia,  2004, p. 119. [Primera Edición 1982].

La Opinión, Cúcuta, 17 de febrero de 2010.

Kierkegaard, Sören A. Diario de un seductor. Bogotá, Edigrama, 2006. [Primera Edición 1843].

Sartre, Jean Paul. Los secuestrados de Altona. Trad. Aurora Bernárdez. Madrid, Alianza, 1982,  p 21.

 

Referencias

[1] Ver La Opinión, Cúcuta, 17 de febrero de 2010.

En línea: https://www.laopinion.com.co/colombia/procuraduria-apoya-el-empleo-por-meritocracia-en-el-pais-171583#OP

[2] Allen, Ansgar. “Michael Young’s The Rise of the Meritocracy:  A Philosophical Critique”, British Journal of Educational Studies 59 (4), 367-382. Birmingham, University of Sheffield, 2011.

En línea: https://www.sheffield.ac.uk/polopoly_fs/1.155163!/file/philosophicalcritique.pdf

[3] Arboleda, Carlos y Castrillón, Luis Alberto. “El proyecto humano según el cristianismo: otra manera de ver el humanismo cristiano del siglo XXI”. Material provisional, en borrador, para uso de los estudiantes de CBITEPAL 2018 y de la UPB 2019, p. 4.

[4] Braun, Herbert. La nación sentida. Colombia, 1949. En país se busca en sus palabras. Bogotá, Penguin Random House Grupo Editorial, 2018, p. 226.

[5] Sartre, Jean Paul. Los secuestrados de Altona. Trad. Aurora Bernárdez. Madrid, Alianza, 1982,  p 21.

[6] Arboleda, p. 12. Óp. cit.

[7] Aquí me remito a Michael de Certeau en la Fábula Mística. Ver: De Certeau, Michael. La fábula mística. Siglo XVI-XVII. Traducción de Jorge López Moctezuma. México, D. F., Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia,  2004, p. 119. [Primera Edición 1982].

[8] Kierkegaard, Sören A. Diario de un seductor. Bogotá, Edigrama, 2006. [Primera Edición 1843].